Las farolas de Gaudí en la Plaça Reial: la historia del primer encargo público del arquitecto
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22 de septiembre de 2026·6 min de lectura

Las farolas de Gaudí en la Plaça Reial: la historia del primer encargo público del arquitecto

por Admin · Nook · Plaça Reial, Barcelona

Cada día pasan por la Plaça Reial miles de personas. Muchas se hacen una foto con las palmeras al fondo, se sientan en una terraza o cruzan de camino a La Rambla. Muy pocas se detienen en las dos farolas de hierro que flanquean la fuente central. Y sin embargo, están mirando una obra de Antoni Gaudí sin entrada, sin cola y sin horario de visita: la primera que el Ayuntamiento de Barcelona le encargó. La historia de cómo llegaron ahí empieza mucho antes, y explica por qué esta plaza tiene una forma que no se parece a ninguna otra del centro histórico.

Antes de la plaza había un convento

El solar que hoy ocupa la Plaça Reial perteneció durante más de un siglo a los capuchinos. El convento de Santa Madrona se levantó junto a La Rambla a partir de 1718, en un terreno conocido como el Hort del Vidre, y su iglesia se inauguró en 1723.

Lo que cambió el destino del lugar fue la desamortización eclesiástica de la década de 1830. Como tantos conjuntos religiosos de Barcelona, el convento desapareció y dejó libre un solar enorme en pleno casco antiguo, una oportunidad urbanística excepcional en una ciudad todavía encerrada entre murallas y con una densidad asfixiante.

1848: un concurso para dignificar el centro

En mayo de 1848 el Ayuntamiento convocó un concurso abierto a los arquitectos españoles para urbanizar el vacío. Ganó el proyecto de Francesc Daniel Molina, inspirado en las plazas neoclásicas francesas: un recinto cerrado, de planta trapezoidal, rodeado por un perímetro uniforme de edificios porticados.

Las obras arrancaron poco después y se prolongaron durante la década siguiente. La plaza tiene una singularidad notable en una ciudad llena de proyectos inacabados, se ejecutó íntegramente según el diseño inicial.

El nombre y la intención eran igual de explícitos. La plaza debía enaltecer a la monarquía, y en el centro estaba previsto un monumento regio. Ese monumento nunca llegó a ocupar su sitio, y en su lugar quedó la Fuente de las Tres Gracias, que es la que hoy organiza el espacio.

1878: un arquitecto recién titulado y una mediación afortunada

Tres décadas después, la plaza necesitaba iluminación monumental. Y aquí es donde la historia se vuelve casi novelesca.

El encargo se ofreció primero a Jaume Serra i Gibert, pintor, grabador y orfebre, que falleció poco después. Fue entonces cuando el arquitecto Joan Martorell maestro y mentor de un joven Gaudí medió para que el trabajo pasara a su discípulo. El alcalde Albert Faura se refirió a él en una carta de febrero de 1878 como un «joven y aprovechado arquitecto».

El encargo se oficializó el 15 de marzo de 1878. El detalle que redondea la anécdota: Gaudí todavía no era arquitecto. El título le fue expedido el 15 de mayo de ese mismo año, dos meses después de recibir el trabajo.

Qué estás mirando exactamente

Las farolas se instalaron en 1879. Conviene acercarse sabiendo qué buscar.

  • Son dos farolas de seis brazos, dispuestas a ambos lados de la fuente central.

  • Están coronadas por un casco alado, el atributo iconográfico de Mercurio, dios del comercio, una declaración de intenciones sobre lo que esta plaza aspiraba a ser.

  • Gaudí propuso cuatro farolas formando un cuadrado alrededor de la fuente. La idea fue desestimada, así que la plaza conserva una versión reducida de su proyecto original.

  • Se restauraron en 1965 y de nuevo en 1982, pero por el camino se perdió la policromía original. Lo que vemos hoy no tiene el color que tuvo.

  • No son las únicas: en el Pla de Palau hay otras dos, de tres brazos, pertenecientes al mismo diseño.

Es, probablemente, la obra de Gaudí más accesible de Barcelona. No requiere reserva con meses de antelación ni entrada, y está rodeada de terrazas. La paradoja es evidente: en una ciudad que ha convertido a Gaudí en su principal reclamo, su primer encargo público pasa desapercibido en uno de los puntos con más afluencia del centro.

Las palmeras y una plaza que ha vivido de todo

Las farolas no son el único elemento que ha cambiado con el tiempo. Las palmeras que hoy dan a la plaza ese aire casi tropical no formaban parte del proyecto original de Molina: se plantaron a partir de 1883, más de tres décadas después de que se levantaran los edificios, en un momento en que la burguesía barcelonesa buscaba dotar a sus espacios públicos de un toque exótico y cosmopolita.

La plaza vivió entonces su época de mayor esplendor social: allí tenían su redacción algunos de los periódicos más influyentes de la ciudad, como La Vanguardia o El Diluvio, y funcionaban los principales círculos políticos. Ese mundo relativamente apacible se vio sacudido en 1892 por un atentado anarquista que causó una muerte y varios heridos, un episodio que marcó el inicio de una etapa más convulsa y que, con el tiempo, dio paso a décadas de cierta decadencia antes de la recuperación que hoy disfruta el espacio.

Contar esto importa porque desmonta una idea equivocada: la Plaça Reial no es un decorado inmóvil desde 1850. Es un espacio que ha sido plaza burguesa, redacción de periódicos, escenario de un atentado y, décadas después, uno de los puntos de restauración más vivos del Barrio Gótico. Las farolas de Gaudí han sido testigos de todas esas etapas sin moverse un centímetro.

Un joven Gaudí antes de ser "el Gaudí"

Conviene situar también al propio arquitecto en su momento. En 1878, cuando recibe el encargo de las farolas, Gaudí no es todavía nadie fuera de su círculo académico, acaba de titularse y sus primeros encargos de ese mismo año las farolas, el proyecto de los Quioscos Girossi, una vitrina para una guantería del centro son trabajos menores, propios de quien empieza. La Sagrada Família no llegaría hasta 1883, la Casa Vicens hasta esos mismos años iniciales de su carrera, y el reconocimiento internacional, mucho después.

Las farolas de la Plaça Reial no son, por tanto, una obra secundaria de un genio ya consagrado, sino el primer paso profesional de un arquitecto que todavía tenía que demostrarlo todo. Verlas hoy es ver el inicio de una trayectoria, no su epílogo.

Quien quiera tirar del hilo puede hacerlo sin salir del centro histórico, la Casa Vicens, en el barrio de Gràcia, es el primer gran edificio de Gaudí y suele pasar mucho más desapercibida que la Sagrada Família o el Park Güell entre quienes visitan la ciudad. Entre unas farolas de 1879 y un edificio de la década siguiente se puede reconstruir, paso a paso, cómo empieza una de las carreras arquitectónicas más influyentes de Europa.

Los soportales, la brasa y una plaza pensada para estar

Hay algo que el diseño de Molina entendió bien y que sigue funcionando; una plaza porticada no se cruza, se habita. El soportal ofrece sombra en verano, refugio cuando llueve y una transición entre la calle y el interior que invita a quedarse.

El Restaurante Nook ocupa justo ese lugar, en el número 8, bajo los arcos. Cocina a la brasa y tapas para compartir, en un espacio que aprovecha exactamente aquello para lo que la plaza fue proyectada hace casi dos siglos: reunir gente sin prisa en el corazón de Ciutat Vella.

Se puede cenar mirando las farolas. Merece la pena saber lo que son.

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Fuentes 

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